Cristo en vosotros, la esperanza de gloria

La perspectiva bíblica de la iglesia es que esta es un cuerpo compuesto de muchas partes (1Co 12:12–27). En este cuerpo, Dios distribuye dones espirituales para edificación de la iglesia y para dar a conocer a Cristo. La naturaleza de la iglesia es tal que a medida que cada parte realiza su trabajo, el cuerpo entero crece en Cristo (Ef 4:1–16).

La dependencia expresada por la imagen del cuerpo es complementaria y recíproca. Una parte del cuerpo no puede negar a otra parte sin negarse a sí misma de algún modo. Todas las partes del cuerpo están entretejidas de tal manera que cada parte tiene algo que dar y algo que recibir. Quizás esta es la razón por la cual los autores del Nuevo Testamento nos recuerdan con tanta frecuencia de nuestra unidad en Cristo. Los cristianos están diseñados los unos para los otros así como también para Cristo.

Es importante notar que, como con toda analogía, la comparación del cuerpo humano con el cuerpo espiritual de Cristo fracasa. Es evidente que las distintas partes del cuerpo humano dependen unas de otras. Pero la reciprocidad entre creyentes no ocurre tan automáticamente, sino que requiere de un esfuerzo consciente. Dicha dependencia implica obediencia a las Escrituras y cooperación con el Espíritu Santo. La declaración bíblica de que el cuerpo de Cristo es uno debe ser equilibrada con las exigencias que se encuentran en la Biblia. Las instrucciones sobre cómo hacer el bien y relacionarse unos con otros como miembros del cuerpo de Cristo son expectativas y mandamientos para todos los creyentes. Ninguna parte del cuerpo de Cristo puede dejar de ser parte del todo, pero a todos los creyentes se los exhorta a preocuparse de igual manera unos por otros, a compartir los sufrimientos y a regocijarse en las victorias (1Co 12:14–26).

Por lo tanto, es claro que la dependencia en el cuerpo de Cristo no es pasiva sino muy activa. Exige que los cristianos asuman sus responsabilidades dentro del cuerpo. Dichos mandamientos en cuanto a compartir unos con otros (Ro 12:13), cuidar a los demás (Gál 6:2), apoyar los intereses de los otros (Fil 2:4) y servir a los demás (1P 4.10) requieren todos de una acción responsable. El mandamiento de hacer bien, especialmente a la familia de los creyentes, se les da tanto a aquellos que reciben como a aquellos que dan (Gál 6:10). Ningún cristiano –sea rico o pobre, joven o viejo, débil o fuerte – está exento de asumir responsabilidades. Es por esto que la responsabilidad posibilita la reciprocidad y la dependencia beneficiosa. 

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