Cristo en vosotros, la esperanza de gloria

Un Ser con Existencia Propia

¿Podemos encontrar una “razón suficiente” para explicar el mundo en que vivimos? Hemos considerado la primera opción, que la realidad es una ilusión, y hemos eliminado esa posibilidad. La segunda posibilidad es la que dice que la realidad es autocreada, o que fue creada por casualidad. Vimos que, desde una perspectiva autoanalítica, esa es una idea contraproducente. Es absurdo por
definición porque es racionalmente imposible.

Ahora consideraremos las dos alternativas finales: Que la realidad es autoexistente, o que la realidad ha sido creada por algo que es autoexistente. En este capítulo consideraremos esas dos opciones en función de un ser autoexistente. En el siguiente, consideraremos la posibilidad de que el universo mismo es autoexistente.

A estas alturas hemos establecido que tiene que haber algo, en algún sitio, de alguna manera autoexistente, porque hemos eliminado las otras posibilidades. Ahora tenemos que decidir qué, precisamente, es autoexistente. La primera cosa que preguntamos es: “¿Es posible que algo en realidad ser autoexistente?”. Hemos visto que es lógicamente imposible que algo sea autocreado, porque para que algo pueda crearse a sí mismo, tendría que existir antes de ser, y tendría por lo tanto que ser y no ser al mismo tiempo, y en la misma relación. La lógica elimina eso como una posibilidad racional.

Ahora nos enfrentamos a la pregunta: “¿Es la idea de algo que sea autoexistente y eterno (en vez de autocreado) una posibilidad racional?” Cuando ponemos las dos ideas en paralelo, autocreación y autoexistencia, parecen muy similares. Pero esta es la diferencia: No hay nada ilógico, en lo absoluto, con respecto a la idea de un ser autoexistente y eterno, es decir, un ser que no ha sido causado por otra cosa.

Dijimos anteriormente que uno de los problemas que encontramos cuando discutimos la existencia de Dios es que algunas personas mal entienden la idea de la ley de la causa y efecto, diciendo que significa que todo tiene que tener una causa. Pero la ley de la causalidad solo dice que todo efecto tiene que tener una causa, porque por definición un efecto es lo que ha sido producido por algo fuera de sí mismo. Pero la idea de un ser no causado es perfectamente racional.

Por supuesto, el simple hecho de que podemos concebir un ser no causado, algo que existe en sí mismo y de sí mismo por toda la eternidad y que no es causado por algo fuera de sí mismo, no significa que ese ser en realidad tenga que existir. El punto presente es simplemente que podemos concebir la idea de un ser autoexistente y eterno sin violar la racionalidad. La razón permite la posibilidad de la existencia propia, mientras que no permite la posibilidad de la autocreación.

De hecho, como hemos de ver, una vez que concluimos que algo existe, en vez de ser una ilusión, entonces la idea de un ser autoexistente se convierte en algo no solo posible sino necesario.

La idea de la autoexistencia, que en teología se llama el atributo de aseidad, es la idea de que algo existe en y de sí mismo. No es causado ni creado, y se diferencia de todo en el universo que tiene una causa. Un ser autoexistente eterno que tiene poder para ser en y de sí mismo. No recibe su existencia ni su ser de algo antecedente a sí mismo. Tiene existencia inherente. Y debido a que tiene existencia inherente, tiene dicha existencia eternamente. Nunca hubo un tiempo cuando ese ser autoexistente no existió. Si hubiese habido un tiempo cuando ese ser no existió, entonces no sería autoexistente. Tuvo que haber sido creado por algo más. Un ser autoexistente es, por definición, aquel que siempre ha sido.

Necesitamos un Ser Autoexistente

Al examinar más de cerca la idea de la autoexistencia, vemos que no solo es posible desde la perspectiva de la razón, sino que, además, es necesaria. Cuando Tomás de Aquino argumentó a favor de la existencia de Dios, uno de sus cinco argumentos fue el principio del “ser necesario”. En teología, Dios ha sido llamado el ens necessarium, el ser suya existencia es necesaria.

Hay dos maneras diferentes por las que los filósofos describen a Dios como un ser necesario. La primera es que Él es necesario en virtud de la racionalidad. Si algo existe, la existencia de Dios es racionalmente necesaria. Si algo existe ahora, la razón exige que algo siempre ha existido, que algo, en algún lugar, tiene el poder de ser en sí mismo, o simplemente no podríamos explicar la existencia de nada. Si alguna vez hubo un tiempo cuando no había nada, absolutamente nada, ¿qué podría existir ahora, excepto nada? Ex nihilo nihilo fit, es decir: “De la nada, nada puede surgir”, a menos que algo surja de sí mismo, creándose a sí mismo, lo cual, como hemos visto, es una imposibilidad racional.

Sabemos que algo existe ahora. Eso significa que nunca pudo haber habido un tiempo cuando no hubo absolutamente nada. Siempre tuvo que haber habido algo. Hasta ahora no hemos demostrado que ese algo es Dios. Solo hemos argumentado en este momento que tiene que haber algo que tiene el poder de Ser dentro de sí mismo y que siempre ha estado ahí. Y porque ese es un ser cuya existencia es lógicamente necesaria, es una necesidad lógica que postulemos una idea tal de un ser autoexistente.

La razón exige la existencia de un ser autoexistente y eterno. Eso es muy importante para el cristiano que trata de defender su fe, porque las armas de la crítica en contra de la fe judeo cristiana apuntan casi exclusivamente a la idea de la creación y a la idea de un Creador. Si alguien puede deshacerse de la creación y del Creador, entonces todo el concepto de Dios se derrumba. De modo que la gente trata de argumentar que si usted trata de ser racional y científico, entonces tiene que creer en un universo sin Dios. Lo que intentamos hacer es voltear las armas y decir que tal gente necesita darse cuenta de que lo que están postulando como alternativa de un teísmo desarrollado es un absurdo irracional manifiesto, y que la razón exige la existencia de un ser racional.

Ese ser necesario es racionalmente necesario. También es ontológicamente necesario. Ontología es el estudio o la ciencia del Ser. Cuando decimos que Dios es ontológicamente necesario, queremos decir que Él existe por la necesidad de su propio ser. No existe solo porque la razón dice que tiene que existir. Existe eternamente porque Él tiene el poder de ser, en Sí mismo, de tal manera que su Ser no puede “no ser”. Esa es la diferencia entre nosotros y Dios.

Somos seres cuya existencia es una que pertenece al ámbito de criatura. Somos criaturas dependientes, derivadas y supeditadas. No podemos autosostenernos por siempre. Hubo un tiempo cuando no existíamos. De cierto moriremos. El proceso total de nuestras vidas implica constante generación y deterioro, cambio y mutación. Esta es la característica suprema de seres dependientes o criaturas.

Lo que tiene un ser autoexistente y eterno es inmutable, porque jamás pierde nada del poder de su ser ni gana nada en la extensión de su ser. Es lo que es eternamente. Tiene existencia propia dentro de su propio poder. Eso es lo que quiere decir que es un ser autoexistente y eterno, cuyo ser es ontológicamente necesario. O sea, no puede hacer otra cosa sino ser. El puro ser no depende de nada para su continuidad de existencia ni en origen de existencia. No está en un estado de ser o llegar a ser. Está en un estado de pura existencia, y el puro ser no puede “no ser”.

¿Es el Dios de la Biblia un Ser Autoexistente?

Consideremos ahora el nexo entre la noción de la autoexistencia y el teísmo bíblico. Porque es así como Dios se revela a Sí mismo a Moisés con su nombre sagrado en el desierto de Madián. Moisés preguntó: “¿Quién eres?”, y Dios contestó dándole su nombre sagrado, el nombre por el cual es conocido desde todas las generaciones: “YO SOY EL QUE SOY” (Éx 3.14). No dice: “Yo era” ni “yo seré”, ni “estoy en el proceso de cambiar o de llegar a ser”, sino “YO SOY EL QUE SOY”. Usa el verbo ser en el tiempo presente, eternamente presente y eternamente inmutable, sin cuyo ser ninguna otra cosa tiene posibilidad de existir.

Editorial Portavoz.

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