Cristo en vosotros, la esperanza de gloria

Meta de la Iglesia

Lecciones del Seminario “Iglesia, Familia de Dios”

Si usted le hubiera preguntado al apóstol Pablo cuál era su meta al servir a Dios, él habría respondido: “Presentar perfecto [maduro] en Cristo Jesús a todo hombre” (Col. 1:28). Si le hubiera preguntado que describiera el trabajo de la iglesia local, habría respondido: “A fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Ef. 4:12, 13).

A pesar de lo que digan ciertos “predicadores del éxito”, la meta de Dios para nuestra vida no es el dinero sino la madurez, no es la felicidad sino la santidad; no es el recibir sino el dar.

Dios está obrando haciendo que los creyentes se asemejen más a su Hijo, y de eso se trata esencialmente el servicio cristiano.

Su propósito al servir no es el de edificar la iglesia más grande o la clase de la Escuela Dominical más numerosa, el más grande de los coros, o el equipo más eficiente de ujieres. Su propósito es formar personas de carácter cristiano a las que Dios pueda bendecir y usar para edificar a otros.

Usted puede usar toda clase de trucos y técnicas para juntar una multitud o montar una organización, pero eso no es lo mismo que edificar una iglesia. La idea clave es madurez.

El cristiano individual nace en la familia de Dios y debería madurar y llegar a ser más como Cristo Jesús. A medida que el cuerpo de la iglesia madura, aumenta en tamaño y adquiere características y responsabilidades de adulto. También se va haciendo más semejante a Cristo. No hay conflicto entre tamaño y madurez, aunque no todos los cuerpos maduran de la misma manera. Pero donde hay vida debería haber crecimiento.

No hay nada automático en cuanto a la madurez espiritual. Pablo tenía que orar por los creyentes, enseñarles en la Palabra de Dios, exhortarlos y amonestarlos e incluso disciplinarlos con el fin de sacarlos de la infancia y llevarlos a la adultez (1 Co. 3:1-4).

El apóstol no siempre tuvo éxito en ayudar a los creyentes a madurar, ni nosotros tampoco lo tendremos; pero con la ayuda de Dios, él hizo lo mejor que pudo. Si las personas fallaban en madurar, eran ellas las que fallaban y no Pablo.

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