Cristo en vosotros, la esperanza de gloria

Lecciones del Seminario: “Iglesia, Familia de Dios”

Eres llamado a pertenecer, no sólo a crecer. Incluso en el entorno perfecto y sin pecado, en el jardín del Edén, Dios dijo: “No es bueno que el hombre esté solo”. Dios nos creó para vivir en comunidad, para la comunión y para tener una familia, y no podemos cumplir los propósitos de Dios por sí solos.

En la Biblia no hay ningún ejemplo de santos solitarios o ermitaños espirituales aislados de otros creyentes y privados de la comunión.

Aunque nuestra relación con Cristo es personal, la intención de Dios no es que sea privada. En la familia de Dios estamos conectados con todos los demás creyentes, y nos pertenecemos mutuamente por la eternidad.

Seguir a Cristo implica participación, no solamente creer. Somos miembros de Su cuerpo: la iglesia. Para Pablo, ser “miembro” de la iglesia significaba ser un órgano vital de un cuerpo con vida, una parte indispensable y ligada al cuerpo de Cristo. Necesitamos recuperar y poner en práctica el significado bíblico de ser miembro.

Dios te creó para desempeñar un papel específico, pero si no te vinculas a una iglesia viva y local, te perderás este propósito en tu vida. Descubrirás tu papel en la vida mediante tu relación con los demás.

Fuera del cuerpo, los órganos se secan y mueren. No pueden sobrevivir solos; nosotros tampoco. Desvinculado y sin la fuente de vida que brinda el cuerpo local, tu vida espiritual se marchitará y dejará de existir. Por este motivo, el primer síntoma de decaimiento espiritual suele ser la asistencia irregular a los servicios y otros encuentros de creyentes. Cuando descuidamos la comunión, todo lo demás también se va a pique.

Ser miembro de la familia de Dios tiene consecuencias y no es algo que deba ser ignorado. La iglesia es parte del plan de Dios para el mundo. Es indestructible y existirá por la eternidad.

La persona que dice “No necesito a la iglesia” es arrogante o ignorante. La iglesia es tan importante que Jesús murió en la cruz por ella.

La Biblia llama a la iglesia “esposa” y “cuerpo” de Cristo. No nos podemos imaginar decir a Jesús: “Te amo, pero no me gusta tu esposa” o “Te acepto, pero rechazo tu cuerpo”. Pero eso es lo que hacemos cuando le restamos importancia, menospreciamos o nos quejamos de la iglesia. Es triste ver que muchos cristianos usan la iglesia, pero no la aman.

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