Cristo en vosotros, la esperanza de gloria

Amigos

«Precioso tesoro poseen los que amigos tienen. Precioso tesoro». F.A.L.

¡Qué bendición el tener amigos! …Y qué terrible su falta. Tener amigos es algo maravilloso, porque la amistad es un don de Dios. Y es un don general; no es que lo haya dado a unos sí y a otros no, sino que Él creó al hombre, y lo creó amigo. Así como lo hizo intrínsecamente padre, madre, hermano, suegro, primo, etcétera, etcétera, también lo creó amigo. Es parte indivisible del programa inicial.

Tener amigos es una de las experiencias que más agradezco al Señor. Tener buenos familiares es hermoso, tener buenos compañeros de trabajo es una dicha, compartir la vida con hermanos en Cristo es enriquecedor y estimulante, pero tener amigos profundos, leales, «amigos del corazón» es un tesoro invalorable.

Personalmente tengo muchos amigos y de diferentes «grados» de amistad, si vale la expresión. Hay algunos con quienes la relación es tan superficial que si no los veo por una semana ya no sé lo que está pasando con sus vidas. Pero también tengo de esos amigos íntimos que aun cuando pasa mucho tiempo sin vernos —a veces hasta años—, al pensar en ellos experimento esa rara mezcla de tranquilidad, amor, deseo y libertad en la relación, lo que es confirmado cada vez que compartimos nuevamente algunos momentos juntos, ya sea por una visita, una conversación o simplemente una carta.

La amistad llega, pero…

Al igual que el amor romántico, la amistad generalmente «nos llega». Las oportunidades para encontrar y desarrollar amigos surgen espontáneamente en muchas situaciones cotidianas. Los cristianos que asistimos asiduamente a un grupo juvenil tenemos más posibilidades aun, al pertenecer a un grupo social especial como lo es la comunidad cristiana. Nos reunimos al menos una vez por semana, tenemos muchas cosas trascendentes en común y todos, unos más y otros menos, trabajamos para enfocar nuestra vida alrededor de las profundas y definitivas enseñanzas de nuestro Señor Jesucristo. Por Él y para Él vivimos, y en Él tenemos una esperanza maravillosa.

Precisamente Él, nuestro Señor, fundó una «fraternidad de amigos», al decirnos: «Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer» (Jn. 15.15). Él dijo que ahora éramos amigos porque no nos había ocultado nada, sino que había compartido todo lo que del Padre tenía.

Sin embargo, nuestros ministerios juveniles parecerían tener un porcentaje significativo de gente sin buenos y profundos amigos. ¡Cuántas veces he escuchado decir: «En mi grupo juvenil tengo muchos hermanos, pero amigos verdaderos como los que he tenido afuera, aquí no tengo»!

¿Por qué, a pesar de la facilidad que antes describíamos, a pesar de que todo lo que Dios hace en nosotros y entre nosotros, a muchos les cuesta tener amistades profundas en su ministerio juvenil? Sencillamente porque a las amistades hay que construirlas, así como se construye cualquier tipo de relación. Que dos personas estén casadas no significa que tengan un buen matrimonio. Tener un hijo no significa que automáticamente se disfrute de una buena relación entre padre e hijo. Que dos personas vayan a la misma iglesia no garantiza que sean buenos hermanos en Cristo. Así como a nosotros nos gusta y nos regocija el tener amigos que se preocupen de nosotros, que nos visiten y que nos hagan regalos, así esperan los demás que hagamos con ellos.

En la Biblia hay varios casos de amigos (David y Jonatán, Josué y Caleb, Ruth y Noemí, etc.) y de esas relaciones sacamos ilustración para nuestra vida. También hay muchos proverbios y enseñanzas que nos ayudan y pueden enriquecer la amistad que podamos desarrollar con otros. En la Biblia también hay casos tristes, como los amigos de Job. O las advertencias drásticas que el Señor hizo sobre los malos amigos (Ex. 32.27; Dt. 13.6).

¿Somos buenos amigos? ¿Es usted un buen amigo? ¿De qué manera sus amigos han recibido bendición por tener amistad con usted?

Muchas veces caemos en la trampa de «buscar amigos que enriquezcan nuestra vida», sin darnos cuenta que por el ejemplo del Gran Amigo, el Señor Jesucristo, debemos «buscar enriquecer la vida de nuestros amigos» o de aquellos que nos necesitan como amigos.

Ser amigo es pensar en el otro.

Así como nos gusta —y nos hace bien— el saber que otros piensan en nosotros, de la misma manera debemos ocuparnos y pensar en nuestros amigos. «El hombre que tiene amigos ha de mostrarse amigo» (Pr. 18.24). Hebreos 10.24 nos enseña que debemos «considerar» al otro —pensar en— para estimularlo al amor y a las buenas obras. Pocas veces nos encontraremos con «amistades desarrolladas». Si deseamos tener este tipo de riquezas, pues deberemos estar dispuestos a trabajar en ellas, pensar cómo bendecir al otro y de qué manera hacerlo partícipe de las cosas importantes de nuestra vida.

Ser amigo es ser constante.

«En todo tiempo ama el amigo» (Pr. 17.17). Pueden pasar los tiempos y pueden cambiar las circunstancias, pero el verdadero amigo permanece en su relación. «Todos son amigos del hombre que da», dice Proverbios 19.6, pero en 14.20 dice que «el pobre es odioso aun a su amigo». Es que resulta fácil mostrarse amistoso con aquel que nos bendice con su ayuda, con su compañía o de alguna otra manera, pero aquel que poco puede dar y sí necesita constantemente de la ayuda de sus amigos se torna difícil, odioso. No obstante, la Palabra de Dios nos dice: «No dejes a tu amigo ni al amigo de tu padre» (Pr. 27.10).

Ser amigo es también pensar en uno mismo.

Cuando pienso adecuadamente bien de mí mismo, entonces mis amigos —y todos los que me rodean— pueden salir beneficiados. ¿Qué clase de amigo soy? ¿Cuáles son las áreas fuertes de mi vida, como para que otros puedan ser enriquecidos en su relación conmigo? ¿Qué tengo para ofrecer? A medida que trabajo en mi propia vida, a medida que pienso adecuadamente de mí mismo y pongo empeño en mejorar y adelantar, estaré ofreciendo una mejor persona a los demás, un mejor amigo. Todo aquello que traiga mejoras a mi carácter, a mi forma de ser, a mis hábitos de comportamiento, todo aquello que me haga crecer, será «capital disponible» para aquellos que se relacionan conmigo.

Ser amigo es priorizar la verdad, la honestidad, la lealtad.

Proverbios 27.17 dice que así como el hierro es aguzado por otra herramienta de hierro, de la misma manera se forma el carácter —«rostro» — del hombre, en contacto con su amigo. Sabemos que es placentero decir al otro las cosas que le gustan y que son agradables a su oído. Pero eso no «aguza el rostro del amigo», como dice la Palabra, sino que más bien «tiende lazos bajo sus pies». Aguzar el rostro es hablar la verdad, sabiendo el amigo que en su compañero tiene alguien que lo amará a tal punto de no ocultar lo que la verdad parece señalar a su corazón, por más dolorosa que esta sea. Y no es que el hombre deba denunciar a su amigo, sino más bien confrontarlo con la verdad, porque ambos se deben lealtad, y ser leal no es lo mismo que ser cómplice. Ser leal es mantenerse íntegro al lado del ser amado, buscando permanentemente su bien.

¡Sea un buen amigo!

¡Piense en aquellos con quienes Dios le ha dado la dicha de tener una amistad! ¡Bendígalos de palabra y de hecho! Y usted saldrá ampliamente beneficiado. ¡Sea un buen amigo!

Por Rafael Madero Miraflores

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